Takashi Nagai, héroe del perdón en Nagasaki: “con el Rosario recupero la paz interior”

Eran las 11:00 de la mañana del 9 de agosto de 1945 cuando el bombardero norteamericano Bockscar arrojó sobre Nakasaki una bomba de 3 metros de largo –bautizada “Fat Man”– equivalente a 22.000 toneladas de explosivos convencionales. La detonación carbonizó a unas 72.000 personas.

Nagasaki, como Hiroshima, era una población civil y desmilitarizada; además conformaba una de las mayores comunidades católicas de Japón. Todo cambió en segundos para ellos.

Así sucedió con el radiólogo Takashi Nagai y su esposa MidoriElla murió pulverizada en el acto, agarrada a su rosarioÉl, en la facultad de medicina, fue lanzado a varios metros de distancia.

Nagai, para entonces converso católico, era un médico caritativo que pasaba por alto los graves dolores de su leucemia incurable para volcarse sobre las necesidades de sus pacientes, como relata Paul Glynn en Réquiem por Nagasaki (editorial Palabra).

Una historia de conversión

Takashi Nagai nació en 1908 en Isumo, cerca de Hiroshima, en el seno de una familia sintoísta. En 1928, ingresa en la facultad de medicina de Nagasaki. “Desde mis estudios secundarios –escribirá–, me había convertido en prisionero del materialismo. Nada más entrar en la facultad de medicina, me pusieron a diseccionar cadáveres… Me causaban admiración la maravillosa estructura del conjunto del cuerpo y la organización minuciosa de sus partes más pequeñas. Sin embargo, lo que manejaba de ese modo, no era otra cosa que pura materia. ¿Y el alma? Un fantasma inventado por impostores para engañar a la gente sencilla”.

La poderosa mirada de una madre

Un día de 1930 le llega un telegrama de su padre: “¡Ven a casa!”. Parte a toda prisa y, una vez allá, se entera con estupor de que su madre sufrió un ataque y no puede hablar. Se sienta a su lado y lee en su mirada un último adiós.

Esa experiencia le cambia la vida: “Mediante aquella última y penetrante mirada, mi madre derrumbó el marco ideológico que me había construido. Aquella mujer, que me había dado la vida y educado, aquella mujer que jamás se había entregado a un momento de reposo en su amor hacia mí, en los últimos momentos de su vida, me habló con gran claridad. Su mirada me decía que el espíritu humano continúa viviendo después de la muerte. Todo ello se presentaba como una intuición, una intuición con sabor a verdad”.

pascal takashi nagai
Blaise Pascal (1623-1662), cuya obra “Pensamientos” tuvo gran impacto sobre Takashi Nagai

Takashi empieza entonces a leer los Pensamientos de Pascal, gran sabio y pensador francés del siglo XVII. “El alma, la eternidad… Dios. Así pues, ese gran predecesor que fue el físico Pascal había admitido seriamente esas cosas –se dijo–. ¡Ese sabio incomparable creía realmente en ello! ¿En qué podía consistir esa fe católica para que el sabio Pascal la hubiera aceptado, sin contradecir su ciencia?”.

Pascal explica que encontramos a Dios mediante la fe y en la oración. “Incluso si todavía no podéis creer –escribió–, no despreciéis la oración ni la asistencia a Misa”.

Siempre estoy dispuesto a verificar una hipótesis en el laboratorio –piensa Nagai–, ¿por qué no probar esa oración en la que tanto insiste Pascal? Decide entonces buscar una familia católica que acepte tomarlo como pensionista durante sus estudios, lo que le ofrecerá la ocasión de conocer el catolicismo y la oración cristiana.

Es recibido en la familia Moriyama. El señor Moriyama, comerciante de ganado, desciende de uno de aquellos viejos linajes cristianos que, a través de dos siglos y medio de persecuciones, supieron conservar la fe que aportó a Japón san Francisco Javier. La pureza de esa fe cristiana asombra al joven Nagai: ¡unos humildes granjeros le enseñan con su ejemplo aquello en lo que había creído Pascal, el gran sabio!

Midori

Midori Moriyama

El señor y la señora Moriyama tienen una hija, Midori, profesora en otra ciudad. Los tres rezan por la conversión de Takashi, pensando que quizás Dios le haya enviado con esa finalidad.

El 25 de diciembre de 1932, Midori se encuentra en casa de sus padres por Navidad.

Doctor –pregunta el señor Moriyama a Takashi–, ¿por qué no viene con nosotros a la Misa del gallo?

–¡Pero si no soy cristiano!

–No importa; los pastores y los reyes magos que acudieron al establo tampoco lo eran. Sin embargo, cuando vieron al Niño, creyeron. Jamás podrá creer si no viene a rezar a la iglesia.

Tras unos instantes, Nagai se sorprende a sí mismo cuando responde: “Sí, me gustaría acompañarles esta noche”. Cinco mil cristianos llenan la catedral, cantando todos el mismo Credo en latín. Nagai queda fuertemente impresionado.

Una noche, el señor Moriyama despierta a Takashi, pues Midori se retuerce de dolor en la cama. Rápidamente, el joven médico diagnostica una apendicitis aguda, al punto que oye murmurar al señor Moriyama: “Es la voluntad de Dios. Quién sabe el bien que vendrá de ello…”.

Había caído una espesa nevada, lo que demoraba el desplazamiento de vehículos. Takashi se asegura por teléfono que haya personal adecuado en el hospital esa noche y luego carga él mismo a Midori, que arde en fiebre, mientras el señor Moriyama va delante, alumbrando el camino con una linterna. Llegan al hospital, donde la sala de operaciones estaba dispuesta y, siete minutos después, todo ha terminado: Midori está a salvo. Como agradecimiento, ella pondrá todo de su parte para conseguir la conversión de su salvador.

La guerra, la fe…

Al año siguiente, 1933, Takashi es movilizado en el ejército japonés y parte a Manchuria. En un paquete que Midori le envía, hay un pequeño catecismo que él lee con interés. Regresa un año después, casi desesperado al ser consciente de los desórdenes de su vida y el recuerdo de los horrores de la guerra. Se dirige a la catedral de Nagasaki, donde encuentra a un sacerdote japonés que lo recibe durante largo rato.

Lleno de ánimo, Takashi se reincorpora a su trabajo de radiología y se pone a estudiar la Biblia, la liturgia y la oración de los católicos. En medio de sus dudas, retoma los Pensamientos de Pascal y una frase cala hondo en él: “Hay suficiente luz para quienes solo desean ver, y suficiente oscuridad para quienes manifiestan una disposición contraria”.

De repente, todo queda claro para él. Pide el bautismo, que recibe en junio de 1934. Elige el nombre de Pablo, en recuerdo de san Pablo Miki, mártir japonés crucificado en Nagasaki en 1597.

Dos meses más tarde, se casa con Midori.

…la Cruz

Tras volver de la nueva guerra chino-japonesa, Takashi se entrega en cuerpo y alma a su especialidad, la radiología. Es un tiempo en que casi nadie quiere realizar radiografías por los peligros que comportan para la salud. Pero él se siente impelido por su vocación médica y por su viva fe.

Un día descubre marcas extrañas en sus manos. Exhausto por la labor del día, se sienta delante de una imagen de la Virgen y se pone a rezar el Rosario, como era su costumbre cada vez que encontraba un espacio de tiempo. En esa oración volverá a recuperar siempre la paz interior, según escribe en su diario.

Sus colegas le animan a hacerse una radiografía. Él mismo revisa el resultado: hipertrofia en el bazo; diagnóstico: leucemia crónica; pronóstico: tres años de vida. Murmura: “Señor, no soy más que un siervo inútil. Protege a Midori y a nuestros dos hijos. Hágase en mí según tu voluntad.

De regreso a casa, Takashi comparte con su mujer el descubrimiento. Ambos se hincan de rodillas y rezan, en medio de sollozos de una y de remordimientos del científico por no medir las consecuencias de su quehacer.

Pocos días después, acogiendo uno y otra la voluntad de Dios, una explosión de luz tritura el cielo.

¡Su Rosario!

Son las once horas y dos minutos cuando estalla la bomba en Urakami, el barrio norte de Nagasaki. En la facultad de medicina, situada a 700 metros, Nagai es catapultado al suelo con el costado acribillado de trozos de cristal.

Poco después, el caos campea en la ciudad y comienzan a llegar heridos, muchos arrastrándose o transportados por otros, al hospital.

Nagai se desvive hasta el límite de sus fuerzas: 48 horas de trabajo casi ininterrumpido hasta que puede volver a su hogar…

Midori se había quedado en casa mientras los niños y su abuela estaban seguros en la montaña desde el 7 de agosto. Takashi difícilmente encuentra el barrio de su domicilio. En medio de escombros, descubre por fin los restos carbonizados de su esposa. De rodillas, reza, perdona, llora y recoge los huesos en un recipiente. Un objeto brilla en los restos de su mano: ¡el Rosario! La muerte había sorprendido a Midori aferrada a él.

Una alegría brota en tanto dolor: “Dios mío, te doy las gracias por haberle permitido morir rezando. María, Madre de los Dolores, gracias por haberla acompañado en la hora de la muerte... Jesús, Tú que llevaste la pesada cruz hasta ser crucificado, ahora acabas de esparcir una luz de paz sobre el misterio del sufrimiento y de la muerte, la de Midori y la mía”.

Japón se rinde el 15 de agosto de 1945. Takashi Nagai, cuya enfermedad ha sido agravada por la radiación, agoniza y recibe los últimos sacramentos mientras afirma: “Muero contento”.

Pero no era la hora de Dios, pues al día siguiente se encuentra fuera de peligro. Atribuye su curación a la intercesión del padre Kolbe, a quien había conocido personalmente una década antes.

“Desposeído de todo”

Nadie quiere volver a Urakami, pero él presiona para “ser el primero en volver allí”. Así lo hace, para lo cual se construirá un refugio con unas planchas al lado de las ruinas de su casa.

Sus enseres: una botella, su uniforme de marino, repartido por el ejército, y el recién encontrado crucifijo de su casa. “He sido desposeído de todo y sólo he encontrado ese crucifijo”, comenta.

En noviembre, en la celebración del funeral por las víctimas junto a los escombros de la catedral de Nagasaki, se dirige a los presentes con un impresionante llamado al perdón:

Es evidente que existe una profunda relación entre la destrucción de esta ciudad cristiana y el fin de la guerra. Nagasaki era sin duda la víctima elegida, el cordero sin mancha, holocausto ofrecido sobre el altar del sacrificio, aniquilado por los pecados de todas las naciones durante la Segunda Guerra Mundial… ¡Debemos agradecer que Nagasaki haya sido elegida para ese holocausto! Debemos agradecerlo, porque a través de ese sacrificio ha llegado la paz al mundo, así como la libertad religiosa al Japón.”

Takashi Nagai fotografiado en la modesta residencia de sus últimos años, cuando la leucemia lo postró en cama

Ya reunido con sus dos hijos, emprenderá nuevamente un trabajo agotador. A ellos les dirá: “Amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos. Os dejo estas palabras como herencia”.

Ese trabajo ingente, llevado adelante con sorprendente alegría pese a la miseria y al avance de la enfermedad, dedicado a impulsar la reconstrucción de Nagasaki, a consolar a los sobrevivientes que empezaron a visitarlo, a compartir con ellos la esperanza católica, a escribir varios libros –entre ellos Campanas de Nagasaki–, lo consume; finalmente, abrazado a su crucifijo, muere el 1 de mayo de 1951.

Durante los funerales, en la catedral de Urakami, el alcalde de Nagasaki da lectura solemne a trescientos mensajes de pésame, comenzando por el del Primer Ministro. Al final de la ceremonia, la multitud emprende el camino hacia el cementerio, a un kilómetro y medio; cuando la cabeza del cortejo llega a su destino, la mayor parte de él todavía no ha dejado la catedral.

Takashi Nagai es enterrado junto a Midori. Para la tumba de ésta, él había escogido el siguiente epitafio: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38); para la suya: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17, 10).

La pequeña cabaña de madera donde vivió confinado sus últimos años se convirtió en un centro de peregrinación conocido por todos los residentes de la ciudad. Desde allí, el ejemplo de Takashi Nagai y su firme llamado a perdonar a los enemigos y a dedicarse a los demás sigue resonando hasta hoy.

(Ese impacto espiritual dio forma a una asociación de fieles católicos llamados “Amigos de Takashi y Midori Nagai”, reconocida por la diócesis de Nagasaki y establecida en Roma desde 2021 para promover la causa de beatificación de los esposos japoneses. Para los interesados, pueden encontrar la oración oficial pulsando aquí.)


Fuentes: Hogar de la Madre / Aleteia / Nippon.com / Amici di Takashi e Midori Nagai

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