Vera Lynn, la voz que acompañó a los soldados británicos y que cantó al Rosario

Cuando sobre el cielo de Inglaterra rugían los motores de los Spitfire y de los Stukas, de los Hurricane y de los Messerschmitt, los ingleses se encomendaban a Dios y a la pericia de los pilotos de la RAF (Royal Air Force). Y los pilotos de la RAF, por su parte, se encomendaban también a Dios y a las oraciones de esposas, novias o madrinas de guerra, mientras en sus oídos aún resonaba la voz de la esperanza escuchada en cualquier emisora de radio de aquel verano de 1940: la voz de Vera Lynn.

Vera Lynn falleció el pasado jueves 18 de junio, a los 103 años de edad, y fue quien definió el soundtrack de la Batalla de Inglaterra. No era espectacularmente hermosa, pero nadie podía aportar más calor a las evocadoras melodías que hacían soñar a los británicos con la paz que se disputaba en el aire.

La musa de la batalla, de la paz y del reencuentro

Muy presente, pese a su edad, en cuantas ocasiones conmemoraban aquellos años trascendentes, en 2012 envió un mensaje de apoyo al panel de homenaje al soldado desconocido que se desveló en Dover. La misma Dover cuyos blancos acantilados (The white cliffs of Dover) inmortalizó convenciendo a los jóvenes oficiales de la RAF de que tras su victoria “el pastor volverá a sus ovejas, / el valle florecerá de nuevo / y Jimmy se irá a dormir / otra vez a su viejo y pequeño dormitorio”.

Esos pilotos que ahora ajustaban entre las nubes el punto de mira de sus cazabombarderos habían entonado la noche anterior, abrazados a una buena serie de pintas de cerveza y a esos compañeros en formación a quienes quizá veían vivos por última vez, la más famosa canción de Vera Lynn: We’ll meet again [Volveremos a vernos]. “No sé dónde, / no sé cuándo, / pero sé que será un día soleado”, voceaban cientos de pilotos en abarrotados pubs, haciéndole a la joven cantante un coro que aún hoy eriza las emociones de todo aquel que sepa apreciar la fraternidad de las armas empuñadas con nobleza.

Un himno al rosario

Pero Vera no sólo les hizo soñar con la paz del hogar, o cantar con el camarada la ilusión del reencuentro tras el combate… o más allá del último combate. También les hizo rezar. Los gramófonos de 1940 acariciaron los oídos ingleses —en particular los católicos— con la más impresionante versión de The Rosary [El Rosario], una canción con mucha historia detrás.

La hicieron suya después de ella un tenor como Mario Lanza, un baladista como Perry Como o un intérprete pop como Johnny Mathis… pero sin que ninguno pudiera superar la emoción religiosa que incorporó Mrs. Lynn a cada verso.

De esa emoción no sólo se beneficiaron los pilotos británicos. También los alemanes. Estaba oficialmente prohibido captar las emisiones de la BBC, pero eso no quiere decir que la prohibición se respetase siempre. La misma Vera ha confesado en alguna entrevista haber recibido testimonios de soldados del Tercer Reich que atendían, si no la propaganda, sí su música, con placer similar al de sus adversarios. Y en los cielos de Inglaterra se dispararon hombres que habían rezado antes las mismas avemarías.

El milagro de Gallipolli

The Rosary, que tenía casi medio siglo de existencia cuando Vera Lynn la adornó con su voz, ya había sido una referencia musical común entre ingleses y alemanes en la Primera Guerra Mundial. Ahí, afortunadamente, logró lo que en la Segunda —¡el siglo XX ya se había quitado la máscara!— no pudo: parar la batalla.

En un libro publicado en 1988 (Port Pirie, the friendly city: the undaunted years, de Kenneth Bullock, ensayo sobre esa ciudad australiana) se cuenta una historia extraordinaria. En la batalla de Gallipolli, en los Dardanelos, se enfrentaron soldados ingleses y franceses (y australianos) a soldados turcos (y alemanes). Entre los combatientes australianos había un célebre músico, Ted McMahon, que había vivido muchos años en Port Pirie y era uno de los mejores trompetistas del país. Tras ser reclutado, había dado con sus huesos en los Dardanelos, donde el fracaso del desembarco aliado prolongó la campaña casi un año en una guerra de trincheras.

El día de Navidad empezaron a sonar disparos, como si no hubiese nada que celebrar. Ted cogió su trompeta, se situó en un lugar desde donde pudiesen escucharle ambos bandos en guerra, y tocó las notas de The Rosary. Numerosos oficiales alemanes que dirigían tropas turcas reconocieron enseguida la canción, y dieron orden de alto el fuego. Los ingleses respondieron con la misma instrucción. La paz se hizo, siquiera por unas horas, gracias a esa melodía.

A dos mil kilómetros del estruendo del Maine

The Rosary había nacido en 1898. La compuso el pianista y compositor norteamericano Ethelbert Nevin (1862-1901) y la letra es de Robert Cameron Rogers (1862-1912), poeta y editor. Fue cantada por primera vez en Nueva York el mismo día en que el buque Maine explotó en La Habana, dando pretexto a Estados Unidos para declarar la guerra a España y apoderarse de Cuba.

El éxito del tema fue absoluto. En 1928 había vendido 2,6 millones de vinilos —la célebre contralto operística Ernestine Schumann-Heink (1861-1936) la consideraba “la canción perfecta”— e inspiró una novela con el mismo nombre, escrita en 1909 por Florence L. Barclay (1862-1921), que fue el libro más vendido de 1910 en Estados Unidos: una poderosa historia romántica de un amor que sobrevive a la muerte.

La gran acogida de The Rosary entre los inmigrantes alemanes en Estados Unidos, y los años que Nevin pasó en Europa ampliando su carrera musical, explican que sus acordes fuesen tan familiares a los alemanes como a los ingleses, en 1915 tanto como en 1940.

Pasar las cuentas y besar la cruz

Y así, la belleza de su letra conmovió corazones durante décadas: una letra en la que el rezo del rosario es el único consuelo por la ausencia de la persona amada, y la invitación final a besar la cruz lo es también a aceptar el sufrimiento que la cruz sublima.

Las horas que pasé contigo, querido,
son como un collar de perlas para mí.
Las cuento una a una:
mi rosario… mi rosario.
Cada hora, una perla; cada perla, una oración
para calmar un corazón abatido por la ausencia.
Paso cada cuenta hasta el final,
donde cuelga una cruz.
¡Oh, la memoria, que bendice y abrasa!
¡Oh, la ganancia inútil y la pérdida amarga!
Beso cada cuenta y al final intento aprender
a besar también la cruz, querido:
a besar también la cruz.

Miles de soldados británicos, miles de soldados alemanes, rezaron el rosario inspirados por esta canción, si eran católicos… o desearon hacerlo si no lo eran. Es el fruto que le habrá sido recompensado a Vera Lynn al encontrarse de nuevo con ellos. Sobre los blancos acantilados de Dover, naturalmente. Donde el pasado jueves, solo por casualidad, lució un día soleado.


Fuente: Carmelo López-Arias / ReL

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