Reflexión del mes de Mayo: Comentarios de Sto. Tomás de Aquino a la Oración

Reflexión del mes de Mayo: Comentarios de Sto. Tomás de Aquino a la Oración

Santo Tomás de Aquino es el mayor doctor de la Iglesia. Sus enseñanzas han iluminado la espiritualidad católica durante siglos. En esta sección destinada a la reflexión y la oración queremos, durante los próximos meses, compartir las definiciones de Santo Tomás sobre la oración, sus cualidades y beneficios, incluidos en sus comentarios al Padrenuestro. La fuente son los «Escritos de Catequesis» (Rialp, 2ª Ed. 1978):

Sto Tomás de AquinoCinco cualidades se requieren en la oración: ha de ser confiada, recta, ordenada, devota y humilde.

a) La oración debe ser confiada, de forma que nos acerquemos confiadamente al Trono de gracia. Tampoco ha de presentar fallos en la fe: “Que pida con fe, sin vacilación alguna” (Stgo 1,6).

b) Nuestra oración debe ser también recta, de manera que quien ora, pida a Dios lo que de veras le conviene. San Juan Damasceno apunta: “Orar es pedir a Dios cosas que están bien”. Y muchas veces la oración no es escuchada porque se piden cosas que no lo están: “Pedís y no recibís, porque pedís mal” (Stgo 4, 3).

c) La oración además debe ser ordenada, como los deseos, dado que ella es intérprete de nuestros anhelos. El orden razonable consiste en anteponer, en los deseos y en las súplicas, lo espiritual a lo material, las cosas del cielo a las de la tierra: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33).

d) Ha de ser devota la oración, porque la unción de la devoción hace que el sacrificio de la súplica sea agradable a Dios: “En tu nombre elevaré mis manos; empápese mi alma como de grasa y untura” (Sal 62, 5-6). La devoción muchas veces se ve bloqueada por la palabrería en la plegaria; por eso el Señor nos aconsejó evitar la verbosidad superflua: “Al orar no habléis mucho” (Mt 6, 7).

e) Finalmente, la oración tiene que ser humilde: “Atendió la oración de los humildes” (Sal 101, 18); parábola del fariseo y del publicano (Lc 18); “Siempre te agradó la súplica de los humildes y de los mansos” (Judit 9, 16).

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