La Virgen, el juglar que se hizo monje y un futuro Papa devoto del rosario

La Virgen, el juglar que se hizo monje y un futuro Papa devoto del rosario

Cuando era patriarca de Venecia Albino Luciani disfrutaba pasar durante el verano una temporada en el convento de los Siervos de María, junto al santuario mariano de Pietralba, en Alto Adige (Italia). Allí, en la biblioteca de los frailes, encontró una antología francesa en la que había un cuento de Anatole France: Le Jongleur de Notre Dame. El futuro Papa Juan Pablo I se alegró de reencontrar ese relato que ya había leído cincuenta años antes, cuando era un adolescente. Todas estas confidencias las hizo cuando publicó el referido relato junto a un comentario suyo, en la edición de diciembre de 1975 en la revista Il Messaggero di Sant’Antonio, que recogería la extinta revista 30Giorni y Portaluz presenta en esta edición, junto a una exhortación final del Pontífice que complementa el relato.

 

La Virgen y el juglar (por Albino Luciani)


juglar

El tenor francés Marcel Claudel como el Juglar, en la versión operística del cuento debida a Jules Massenet.

Ya san Lucas había notado que María pudo llevar al templo “sólo una pareja de tórtolas, la ofrenda de los pobres” (Lc 2, 23). Por tanto, que los pobres se hayan sentido privilegiados ante ella aparece en muchas oraciones, cuyo elemento central es: “intercede ante Dios por mí; tengo derecho a tu intercesión porque soy pobre”. Una oración de este tipo atraviesa los siglos y, paralela a ella, viaja un cuento sobre los pobres de María. Apareció en el siglo XIII en Francia, lo contaban los predicadores populares y fue transcrito por el escritor Anatole France con el título: Le Jongleur de Notre Dame

Bernabé de Compiègne era un juglar que iba de ciudad en ciudad haciendo sus números de habilidad. Pero a menudo, durante el invierno, le faltaba trabajo y pasaba hambre. Devoto de la Virgen le rezaba así: “Señora, cuidad de mi vida hasta que Dios quiera que yo muera, y cuando muera concededme el gozo del Paraíso”. Una tarde fría y lluviosa conoció en el camino a un fraile y hablando con él decidió dejar el arte que le había hecho famoso, para cantar, como monje, las alabanzas de la Virgen. En el convento vio que los frailes competían por honrar a la Virgen, y sintió desazón por su ignorancia. Se decía a sí mismo: “El prior compone tratados sobre la Virgen María; fray Macrobio los copia en pergaminos finísimos, que luego fray Alejandro adorna con miniaturas encantadoras. Otros componen himnos o tallan estatuas en su honor. Yo, en cambio, no sé hacer nada, nada de nada”. “Qué desgraciado soy, Señora mía”, le decía a la Virgen, “que no tengo para servirte ni sermones edificantes, ni finas pinturas, ni versos fluidos y elegantes. Por desgracia, no tengo nada”. Y se dejaba vencer por la tristeza.

Pero una mañana se levantó contento, corrió a la capilla y estuvo allí durante más de una hora, volviendo después de comer. Desde entonces comenzó a ir todos los días y no volvió a estar triste. “¿Por qué Bernabé está tanto tiempo en la capilla?”, comenzaban a preguntarse los frailes. El prior decidió ir a ver qué hacía y a través de las rendijas de la puerta vio que Bernabé, frente al altar de la Virgen y cabeza abajo, hacía sus juegos de habilidad con las seis bolas de cobre y los doce cuchillos que usaba en las plazas. Creyó que se había vuelto loco, y gritando al sacrilegio se disponía a sacarlo por la fuerza de la capilla, cuando vio que la Virgen bajaba los peldaños del altar, se acercaba a Bernabé y, con el borde de su manto, secaba el sudor que caía de la frente de su juglar. El buen prior se postró y murmuró: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

 

Comentario al relato del Patriarca Albino Luciani:

La narración nos presenta a María, que no limpia la pluma del prior, sino que seca el sudor del pobre Bernabé: hacia él, pobre juglar, cansado, sudado, en el suelo, Ella baja de su trono y se digna consolarlo con el borde de su manto azul. Precisamente porque somos pobres la Virgen nos ayuda ahora y en la hora de nuestra muerte. Quien quisiera narrar el pequeño cuento de Anatole France, hoy, cuando la gente tiene sed de auténtica sencillez, debería subrayar que corresponde a la imagen más verdadera de María, que en su cántico dice: “Dios ha derribado a los poderosos de sus tronos y a los pequeños los ha ensalzado”.

 

Recomendación final de Papa Juan Pablo I: El Rosario


Y ahora dejadme que os aconseje la devoción a la Virgen, ya que debo aludir al rosario, que es en parte una oración vocal. El rosario es también la Biblia de los pobres. No hay que olvidarse nunca del rosario, y rezarlo bien.

Me preocupan mucho mis fieles: los hay que dicen todavía las oraciones en casa, pero ya no rezan el rosario. Cuando los hijos ven rezar en familia a su padre, que reza con todos, esto tiene un efecto en la educación que no tendrán nunca nuestras predicaciones, estad seguros. Así que durante la visita pastoral hago también esta pregunta: “¿Dicen las oraciones en casa?”. Por desgracia rezan poco. ¡Qué pena! Entonces lo digo en la iglesia: “¡Por favor! Comprendo que tenéis que ver la televisión. Pero si no podéis rezar todos los cinco misterios del rosario, rezad por lo menos uno, diez Avemarías, un misterio solo. Os lo recomiendo mucho, por lo menos esto.”


Fuente: Portaluz

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